En un ensayo sobre Joseph Brodsky, Coetzee dice que los poetas de primera fila han creado siempre su propio linaje literario, y que en ese proceso han reescrito la historia de la poesía. Entonces se me ocurre pensar qué pasaría si alguien creara un linaje por demás heterogéneo que incluyera a Anton Webern, Buster Keaton, Thelonius Monk, Felisberto Hernández, John Cassavetes, Francis Bacon, György Ligeti, Enrique Arau y Federico León, en ese orden o en cualquier otro. ¿Se estaría proponiendo una poesía imposible de ser escrita o, por el contrario, la única poesía posible en un mundo que se reconstruye cada mañana frente a un espejo deformante?
De lo que se trataría, así se insistiera en condensar los procesos biológicos del poema en su breve gesto caligráfico, sería de dar vida a un monstruo, a un virus de esquiva naturaleza mutante.
Y a los monstruos, una vez que se han echado a andar, hay que darles de comer
cerebros.
R. BUCKMINSTER FÜLLER, Bucky para los amigos, nació 25 años antes de que sus ideas comenzaran a tenerse en cuenta y con medio siglo de antelación técnica para que pudiesen ponerse en práctica. Ya que la elección de la fecha de su nacimiento (1895) no dependió enteramente de él, optó por asumir la circunstancia con optimismo y pensar en verde. Por suerte, poseía la personalidad del inconformista que no se ciñe sólo a desfacer entuertos sino que retrocede en el tiempo para analizar el motivo por el que el mundo está tarado y diseñar entonces un futuro mejor.
Füller es el visionario que supo unir el trabajo entusiasta y la sabia paciencia del maestro zen con el objetivo de que la Nave Espacial Planeta Tierra fuese un lugar mejor para todos sus habitantes. Un lugar respetuoso con el medio ambiente, límpio, bello, práctico, creativo, continuo, esférico, reciclable… y, sobre todo, posible.
Por cierto, si estás pensando en comprar el chalecito adosado que rompe el perfil de la sierra y se amontona en hileras inacabadas en la falda de las montañas, párate, piensa, ¡no lo hagas!. Porque cuanto visites mi espacio feliz cambiaras de idea. Te invito a pasar un fin de semana en mi Domo de Ojo de Mosca. Está en ningún sitio y en todas partes. Me lo trajo un día el helicóptero de Santa y lo posó con suavidad y todo lo necesario para vivir sin interferencias.
Por último, y disculpa mi atrevimiento, cancela tus vacaciones en Marina D´ors y elige la opción T de ciudad flotante Tensegrity, te gustará.
Un nuevo título para nuestro lento y oscilante catálogo aguileño: el Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein flotando en el interior de un tanque lleno de agua durante la Bienal Singapur (2003). Hagan, si quieren, sus apuestas interpretativas. Desafíen el absurdo y dictatorial parágrafo 7 de la citada obra filosófica.
“El poder de la igualdad es, al mismo tiempo, el de la dualidad y el de la comunidad. No existe inteligencia allí donde existe agregación, atadura de un espíritu a otro espíritu. Existe inteligencia allí donde cada uno actúa, cuenta lo que hace y da los medios para comprobar la realidad de su acción. La cosa común, colocada entre las dos inteligencias, es la prueba de esa igualdad, y eso con un título doble. Una cosa material es, en primer lugar, “el único puente de comunicación entre dos espíritus”. El puente es de paso, pero también distancia mantenida. La materialidad del libro pone a dos espíritus a una distancia que los mantienen como iguales, mientras que la explicación es aniquilación de uno por el otro. Pero también la cosa es una instancia siempre disponible para la comprobación material: el arte del examinador ignorante es el de “conducir lo examinado a los objetos materiales, a las frases, a las palabras escritas en un libro, a una cosa que él pueda comprobar con sus sentidos.” El examinado siempre está sujeto a una verificación en el libro abierto, en la materialidad de cada palabra, en la curva de cada signo. La cosa, el libro, rechaza a su vez la trampa de la incapacidad y la del saber. Esta es la razón por la que el maestro ignorante podrá, cuando tenga ocasión, extender su competencia hasta comprobar no la ciencia del señorito instruido sino la atención que presta a lo que dice y a lo que hace.”
El águila ediciones se pone melancólica al recordar un tiempo en el que en las paradas de autobús de Madrid se podía tener acceso a pequeñas joyas sonoras ideadas por músicos y artistas como Luc Ferrari, Cristhina Kubish o Vito Acconci, así como por poetas de la talla imaginativa de Eduardo Eielson o Daniel Samoilovich. Entre el 20 de Mayo y el 25 de Septiembre de 2005 tuvo lugar Itinerarios del Sonido, un proyecto de arte público organizado por el Centro Cultural Conde Duque y la Residencia de Estudiantes y comisariado por María Bella y Miguel Álvarez Fernández.
Los amantes de las escrituras temporales sobre ondas sónicas estamos de enhorabuena, mañana 11 de octubre a las 20.00 horas se proyectará en el centro Intermediae un documental dirigido por Marta Velasco, que recoge el proyecto y los testimonios de los artistas que participaron en él. Están todos invitados.
Editamos hoy algunos fragmentos de la pieza preparada en el marco de esta iniciativa por el poeta argentino Daniel Samoilovich.
“Madrid Fotomatón arranca de una anécdota mínima: un inmigrante se toma en una máquina automática de fotos en el Metro varias fotos para su tarjeta de residencia, y en varias de ellas sale con los ojos cerrados. Esas fotos son inútiles, y sin embargo, el sujeto no se decide a tirarlas: esos ojos cerrados, a través de la reflexión, van adquiriendo un significado. La ceguera es en parte una defensa ante la angustia y el peligro pasados, que vistos de frente podrían ser paralizantes; en otro sentido, no ver bien y no ser visto es una experiencia cotidiana para el extranjero: él no tiene los códigos y las relaciones que le permitirían comprender cabalmente la nueva ciudad en la que vive, y los demás, sumidos en sus ocupaciones diarias, no tienen demasiado tiempo para él (…)”.
Y dentro de poco, Daniel Samoilovich se acercará de nuevo hasta Madrid para presentar su Libro de los seres alados…
“Broodthaers realiza la imitación cinematográfica de un texto escrito. Un viaje al mar del Norte, siendo una película, tiene la forma estructural de un libro: con una página para el título general y títulos de página en cada toma o secuencia de tomas (hasta un total de quince, sin acción ni movimientos de cámara). En esta obra aparecen fragmentos de un cuadro filmado en pedazos (pertenecientes a su obra anterior, Análisis de una pintura) junto con fotografías de barcos de vela y paisajes marinos. En un primer momento podría parecer que se trata de una falsa película, una película estática o, más bien, un conjunto de diapositivas. Y así sería, si no fuese porque existe una línea de tiempo que recorre la obra, un proceso filmado: el de la lectura de un libro. Una lectura, sin embargo, maquinal, en la que el lector ni siquiera interviene con el pasar de las páginas, sino que presta su mirada a la obra, asiste al acto puro de la lectura.
Un viaje al mar del Norte se completaba además, en su versión de 1974, con una obra en forma de libro, esta vez sí, compuesto por páginas de papel encuadernadas y no por celuloide. Ambos elementos homónimos, libro y película, son y no son lo que parecen ser. Si en la película teníamos números de páginas entre secuencias que proponían una analogía formal entre el visionado de una película y el proceso de lectura, en las instrucciones del libro se insta al lector a no cortar los pliegues del mismo para separar las páginas: “Antes de que el lector abra estas páginas debería tener cuidado con el cuchillo que va a utilizar para este fin. Espero que renuncie a ello y preste atención a este arma, este puñal…”. Frente a estas indicaciones, la lectura se torna un acto violento que se caracteriza por negar una posible contemplación del libro mismo como imagen. Broodthaers subraya así la violación de la imagen impuesta como costumbre por el lector de modo inadvertido en cada aproximación a lo escrito.
En un juego de roles invertidos la película se muestra como libro y el libro como objeto de contemplación visual. Más que señalar aquí la irreductibilidad de ambos soportes, Broodthaers pone de manifiesto su equivalencia: el libro aparentemente estático –parece decirnos el autor mediante Un viaje al mar del Norte– es, gracias a la lectura, una obra en la que, como sucede en las películas, vienen a confluir el espacio y el tiempo”.
[Sandra Santana, "Cuando el sosporte se convierte en metáfora. Nueve páginas escritas a máquina sobre la historia ficticia del libro por venir". REC. Revista de Erudición y Crítica, nº 6, Editorial Castalia, Junio de 2008]
Les traemos para comenzar el mes de agosto una edición soleada y viajera, iluminada por la paleta pictórico-magnética de Sonia Delaunay. Este libro, cuyo contenido se abre ante el lector en vertical, es una cascada en la que el color y la memoria poética desdienden simultáneamente; desde la estación moscovita de Yaroslavsky, erosionada por el recuerdo, hasta la profundidades de la torre Eiffel.
“Somos los lisiados del espacio / Rodamos sobre nuestras cuatro heridas / Nos cortan las alas / Las alas de nuestros siete pecados / y todos los trenes son los baleros del diablo / Corral / El mundo moderno / La velocidad no tiene la culpa / El mundo moderno / Las lejanías están demasiado lejos / y al final del viaje es terrible ser un hombre con una mujer… // «Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»”
En 1965, desilusionado con las prácticas poéticas del momento e influenciado por el movimiento pop en artes plásticas (recordemos que es el protagonista de la película Sleep, de Andy Warhol), Giorno crea el Giorno Poetry Systems (GPS). Esta marca se convertiría en un sello discográfico por el que pasaron autores como Allen Ginsberg, Robert Crealy, John Cage, Pati Smith, Sonic Youth o Laurie Anderson, entre un largo etcétera. Buscando nuevas formas alternativas para la transmisión de los textos poéticos, tras una conversación telefónica con William Burroughs, Giorno concibe en 1968 el Dial-A-Poem Poets (“Marque-un-poema”): el lector marcaba el número del GPS y, gracias a un sistema consistente en quince líneas de teléfono conectadas a otros tantos contestadores automáticos, un poema se insertaba a través de su pabellón auditivo.
Más regalos: hasta 12 de estos míticos discos editados por el GPS nos ofrece UBU para descargarlos gratuitamente en Mp3.
Queridos y pacientes lectores de El águila ediciones, hoy traemos desde nuestra invisible imprenta, a través de sus ojos y hasta el interior de sus mentes, la admirable obra realizada entre 1924 y 1929 por Aby Warburg: el Atlas Mnemosyne.
Cuanto más leemos sobre este historiador del arte, menos entendemos su imposible ciencia iconográfica y más fascinante nos parece la obra a la que dedicó los últimos cinco años de su vida. Al parecer, este inmenso volumen –formado por unas 2.000 imágenes dispuestas en 63 paneles forrados de tela negra– debía convertirse, mediante un desquiciado proceso de acumulación, en el símbolo nemotécnico de la civilización europea. Fotografías, reproducciones de libros y material gráfico tomado de periódicos y revistas eran situados por Warburg de modo que ilustraran una o varias áreas temáticas.
Las imágenes estaban dispuestas para que el orden pudiera modificarse según fueran avanzando las pesquisas del investigador. Warburg ideó, además, un índice de colores para favorecer el encuentro casual, aquello que denominaba “la ley de la buena vecindad”: el toparse junto al libro que uno fue a buscar al desconocido vecino de estantería que nos descubrirá una información vital y nunca antes intuida.
En esto y en esto nos hacen pensar estas enormes tablas donde la foto de una adoración renacentista, un desfile militar y una joven sentada a la orilla del mar conviven y despiertan la imaginación desafiando el improbable paso lineal del tiempo.
El águila ediciones, con motivo de la presentación a prensa de La noche de los libros 2008, anunció ayer a los medios la apertura de su “Sección performativa”. Con este nuevo grupo de trabajo nuestra editorial quiere acercar a los lectores algunos clásicos de la literatura por venir mediante el ejercicio de la “acción poética”. En esta ocasión contamos con la colaboración especial del polifacético Ignacio Vleming, en el papel del escritor romántico Friedrich Wilhelm Apfeldorf, y de la poeta María Salgado, que encantó a los espectadores con una emocional y expresiva interpretación de Alice C. Ferguson (autora de la novela de culto Claves confusas). Cerró el acto de presentación el reputado profesor Wilkinson con un adelanto de su Curso de pictografía derivada, ganador de la última edición del Premio de Ensayo Edward Sapir.
Si se lo han perdieron, o si quieren repetir una experiencia similar, el próximo miércoles día 23 a las nueve de la noche tendrán ocasión de disfrutar al aire libre, en la parte baja de la emblemática Cuesta de Moyano, del estreno de un nuevo teatrema producido por El águila ediciones, dirigido por Patricia Esteban y coescrito por Patricia Esteban y Sandra Santana: Los lectores: un teatrema en expansión.
El águila ediciones propone hoy la reedición de All work and no play makes Jack a dull boy, la novela que Jack Torrence, el personaje creado por Stephen King en The Shining (El resplandor), escribió en la película homónima de Stanley Kubrick.
La primera lectora del texto, Shelley Duvall en el papel de Wendy Torrence, reacciona aterrada ante la sucesión de páginas apiladas sobre la mesa y en las que una única oración se repite idéntica, una y otra vez. El refrán (en sí mismo una formula destinada a ser repetida invariablemente) se extiende como una enfermedad incurable sobre el marco de la ficción. Este lenguaje mecánico, testigo de su propia inercia febril, es, precisamente en su reiteración, el conjuro que le impide a Jack terminar su novela: el trabajo constante, abrumadororamente ininterrumpido, se vacía de contenido y olvida su finalidad.
La novela de Jack, sin embargo, es para nuestro consejo editorial una obra mayúscula de la literatura por venir. La escritura de este libro imposible mantiene a su autor cautivo en el amplio espectro de lo imaginario: el libro es la causa y, al mismo tiempo, el dique que contiene su enfermedad y evita el fatal desenlace, el desbordamiento de su locura.
Sólo una mente enferma, piensa Wendy, puede dedicarse metódicamente a esa tarea inútil. Lo que ignora es que precisamente su curiosidad lectora, esa mirada lanzada sobre un texto inicialmente cerrado sobre sí mismo, será la que ponga en marcha el desastre, convirtiendo la espantosa ficción literaria en realidad.
Contemplen a Gertrude Stein. Ahora contemplen el retrato de Gertrude Stein realizado por Picasso. Pongan en marcha la grabación y, concentrados, contemplen a Picasso a través de las palabras (al principio el sonido del lenguaje no les dejará ver más allá, pero poco a poco se irá perfilando la figura) mediante las que Gertrude Stein le retrató: déjense llevar por el sonido de las olas, por el vigoroso ego oscilante y telúrico del artista. Traten de retener por unos instantes en su mente esta imagen de Picasso. Vuelvan ahora al retrato en el que Picasso inmortalizó a la autora. Traten de mirarlo con los ojos que Stein veía en el rostro de Picasso. Fíjense en cómo la autora retratada por Picasso se mira a sí misma.
Encontramos al escritor en el lugar de la representación escénica. Julien Maire parece concentrado en la preparación de un texto escrito. Se detiene para reflexionar y vuelve a inclinarse una y otra vez sobre la superficie del papel para, aparentemente, cubrirla con los signos dictados por el pensamiento. La escritura, el acto de producir ficción, se muestra en una primera aproximación a Digit como ficción misma. Pero el espectador se acerca entonces un poco más hacia el artista para descubrir con sorpresa que no hay medio alguno entre el escritor y el texto, ningún lápiz, ninguna máquina de escribir.
Aparentemente, ningún suplemento tecnológico justifica la aparición de la escritura sobre la página. El desplazamiento de los dedos desnudos del escritor sobre la hoja en blanco hace surgir una secuencia de texto que se extiende mágicamente en espirales y líneas, atravesando los vértices de los papeles situados en la mesa. La escritura es pues, aquí, un ejercicio de prestidigitación en sentido estricto: prestus digitus que hacen aparecer el texto de la nada, como por arte de magia.