En 1965, desilusionado con las prácticas poéticas del momento e influenciado por el movimiento pop en artes plásticas (recordemos que es el protagonista de la película Sleep, de Andy Warhol), Giorno crea el Giorno Poetry Systems (GPS). Esta marca se convertiría en un sello discográfico por el que pasaron autores como Allen Ginsberg, Robert Crealy, John Cage, Pati Smith, Sonic Youth o Laurie Anderson, entre un largo etcétera. Buscando nuevas formas alternativas para la transmisión de los textos poéticos, tras una conversación telefónica con William Burroughs, Giorno concibe en 1968 el Dial-A-Poem Poets (“Marque-un-poema”): el lector marcaba el número del GPS y, gracias a un sistema consistente en quince líneas de teléfono conectadas a otros tantos contestadores automáticos, un poema se insertaba a través de su pabellón auditivo.
Más regalos: hasta 12 de estos míticos discos editados por el GPS nos ofrece UBU para descargarlos gratuitamente en Mp3.
Queridos y pacientes lectores de El águila ediciones, hoy traemos desde nuestra invisible imprenta, a través de sus ojos y hasta el interior de sus mentes, la admirable obra realizada entre 1924 y 1929 por Aby Warburg: el Atlas Mnemosyne.
Cuanto más leemos sobre este historiador del arte, menos entendemos su imposible ciencia iconográfica y más fascinante nos parece la obra a la que dedicó los últimos cinco años de su vida. Al parecer, este inmenso volumen –formado por unas 2.000 imágenes dispuestas en 63 paneles forrados de tela negra– debía convertirse, mediante un desquiciado proceso de acumulación, en el símbolo nemotécnico de la civilización europea. Fotografías, reproducciones de libros y material gráfico tomado de periódicos y revistas eran situados por Warburg de modo que ilustraran una o varias áreas temáticas.
Las imágenes estaban dispuestas para que el orden pudiera modificarse según fueran avanzando las pesquisas del investigador. Warburg ideó, además, un índice de colores para favorecer el encuentro casual, aquello que denominaba “la ley de la buena vecindad”: el toparse junto al libro que uno fue a buscar al desconocido vecino de estantería que nos descubrirá una información vital y nunca antes intuida.
En esto y en esto nos hacen pensar estas enormes tablas donde la foto de una adoración renacentista, un desfile militar y una joven sentada a la orilla del mar conviven y despiertan la imaginación desafiando el improbable paso lineal del tiempo.
El águila ediciones, con motivo de la presentación a prensa de La noche de los libros 2008, anunció ayer a los medios la apertura de su “Sección performativa”. Con este nuevo grupo de trabajo nuestra editorial quiere acercar a los lectores algunos clásicos de la literatura por venir mediante el ejercicio de la “acción poética”. En esta ocasión contamos con la colaboración especial del polifacético Ignacio Vleming, en el papel del escritor romántico Friedrich Wilhelm Apfeldorf, y de la poeta María Salgado, que encantó a los espectadores con una emocional y expresiva interpretación de Alice C. Ferguson (autora de la novela de culto Claves confusas). Cerró el acto de presentación el reputado profesor Wilkinson con un adelanto de su Curso de pictografía derivada, ganador de la última edición del Premio de Ensayo Edward Sapir.
Si se lo han perdieron, o si quieren repetir una experiencia similar, el próximo miércoles día 23 a las nueve de la noche tendrán ocasión de disfrutar al aire libre, en la parte baja de la emblemática Cuesta de Moyano, del estreno de un nuevo teatrema producido por El águila ediciones, dirigido por Patricia Esteban y coescrito por Patricia Esteban y Sandra Santana: Los lectores: un teatrema en expansión.
El águila ediciones propone hoy la reedición de All work and no play makes Jack a dull boy, la novela que Jack Torrence, el personaje creado por Stephen King en The Shining (El resplandor), escribió en la película homónima de Stanley Kubrick.
La primera lectora del texto, Shelley Duvall en el papel de Wendy Torrence, reacciona aterrada ante la sucesión de páginas apiladas sobre la mesa y en las que una única oración se repite idéntica, una y otra vez. El refrán (en sí mismo una formula destinada a ser repetida invariablemente) se extiende como una enfermedad incurable sobre el marco de la ficción. Este lenguaje mecánico, testigo de su propia inercia febril, es, precisamente en su reiteración, el conjuro que le impide a Jack terminar su novela: el trabajo constante, abrumadororamente ininterrumpido, se vacía de contenido y olvida su finalidad.
La novela de Jack, sin embargo, es para nuestro consejo editorial una obra mayúscula de la literatura por venir. La escritura de este libro imposible mantiene a su autor cautivo en el amplio espectro de lo imaginario: el libro es la causa y, al mismo tiempo, el dique que contiene su enfermedad y evita el fatal desenlace, el desbordamiento de su locura.
Sólo una mente enferma, piensa Wendy, puede dedicarse metódicamente a esa tarea inútil. Lo que ignora es que precisamente su curiosidad lectora, esa mirada lanzada sobre un texto inicialmente cerrado sobre sí mismo, será la que ponga en marcha el desastre, convirtiendo la espantosa ficción literaria en realidad.
Contemplen a Gertrude Stein. Ahora contemplen el retrato de Gertrude Stein realizado por Picasso. Pongan en marcha la grabación y, concentrados, contemplen a Picasso a través de las palabras (al principio el sonido del lenguaje no les dejará ver más allá, pero poco a poco se irá perfilando la figura) mediante las que Gertrude Stein le retrató: déjense llevar por el sonido de las olas, por el vigoroso ego oscilante y telúrico del artista. Traten de retener por unos instantes en su mente esta imagen de Picasso. Vuelvan ahora al retrato en el que Picasso inmortalizó a la autora. Traten de mirarlo con los ojos que Stein veía en el rostro de Picasso. Fíjense en cómo la autora retratada por Picasso se mira a sí misma.
Encontramos al escritor en el lugar de la representación escénica. Julien Maire parece concentrado en la preparación de un texto escrito. Se detiene para reflexionar y vuelve a inclinarse una y otra vez sobre la superficie del papel para, aparentemente, cubrirla con los signos dictados por el pensamiento. La escritura, el acto de producir ficción, se muestra en una primera aproximación a Digit como ficción misma. Pero el espectador se acerca entonces un poco más hacia el artista para descubrir con sorpresa que no hay medio alguno entre el escritor y el texto, ningún lápiz, ninguna máquina de escribir.
Aparentemente, ningún suplemento tecnológico justifica la aparición de la escritura sobre la página. El desplazamiento de los dedos desnudos del escritor sobre la hoja en blanco hace surgir una secuencia de texto que se extiende mágicamente en espirales y líneas, atravesando los vértices de los papeles situados en la mesa. La escritura es pues, aquí, un ejercicio de prestidigitación en sentido estricto: prestus digitus que hacen aparecer el texto de la nada, como por arte de magia.
El águila ediciones se viste de punk y aprovecha la proximidad de la visita a España de John Cooper Clarke para compartir con sus lectores esta singular pieza literaria. Aparentemente se trata de una versión suavizada del poema original, realizada a finales de los 70 para The Innes Book of Record, un programa televisivo de la BBC dirigido por Neil Innes.
Si tienen buena memoria auditiva, puede que estos versos les resulten familiares e incluso experimenten algo de nostalgia. En cualquier caso, sabemos que les van a conmover porque, a fin de cuentas, ¿quién no guarda en algún rincon de su alma una oscura Chicken Town?
Ilustr. Ejemplo de notación de David Tudor de 1989 de la partitura original de 4′33” (1952) de John Cage. Fuente.
Decir que el silencio es una de las líneas por las que discurre cierto arte moderno no es ninguna novedad. Como explica Susan Sontag en Estilos Radicales son muchas las manifestaciones artísticas que sin duda reflexionan o trabajan con la ausencia de expresión. Pensemos, por ejemplo, en el gesto mudo de las pinturas de Rothko, en las larguísimas películas sin montaje de Warhol, en las composiciones musicales de Cage o en el artista sin obra, tan característicos del conceptual (cuya producción y cuyo discurso son en definitiva lo mismo).
Que otro arte contemporáneo haya renunciado al silencio es un observación que desde el advenimiento de lo que muchos llaman postmodernidad tampoco es ninguna novedad. Ya lo expone Arthur Danto en Después del final del arte cuando advierte que hoy los artistas pueden cambiar de estilo varias veces a lo largo de un mismo día y recuperar todas las narraciones del pasado en el coctel que prefieran. El exceso de gestualidad, de iconografía, de revisionismo es una de las claves de la condición postmoderna; noción que también está en declive, según muchos otros, pero que trae a colación obras como el abigarrado cine de Egoyan, los edificios neoclásicos de Venturi o las macro-ferias de arte.
Pero tanto el silencio, el silencio más ensordecedor, como el ruido, el ruido más rotundo, provocan experiencias estéticas bastante parecidas debido a todas las rupturas que no llegan a realizarse o que se realizan simultáneamente. Inevitable espera en el primer caso, o reacción de incoherencia, en el segundo, que son muy difíciles de eludir, y que conducen al espectador a una especie de tedio o de espiritualidad, tan característico de cualquier apuesta metalingüística –siempre interesada en profundizar hasta lo más hondo de la maquinaría estética–. Diríamos que cuando nuestra preocupación por el medio es mayor que por el contenido de la obra, la experiencias que comienzan a generarse son de índole trascendente, y algo muy parecido podríamos decir de las pinturas de Rothko, que acaban apelando a emociones más sutiles antes que a la conmoción, o a las películas de Egoyan, cuya fruición estética sólo pasa por una reflexión sobre el dispositivo cinematográfico antes que por cualquier contenido argumental que no sea el propio hecho de la argumentación. Otra vez estamos ante la misma idea del arte por el arte, en un formalismo, paradójicamente, de tipo conceptual.
*
Silencio y ruido son entonces el escenario perfecto para poner en funcionamiento la tramoya del arte, la ficción del arte. Una metáfora que podríamos prolongar hasta la extenuación: silencio y ruido son la hoja en blanco, el texto abierto o la literatura por venir de la que tanto hablamos en El águila ediciones. Son el hilo argumental que no te conduce a puerto alguno, pero que se prolonga indefinido de una historia a otra, de un soporte a otro, de una idea a otra, en una divagación tan bizantina como hermosa.
Silencio y ruido son el espacio de la experimentación, el texto que existe en potencia, el contenido que se reduce a unas pinceladas precisas para soportar el medio, para soportar el concepto que gracias a una extraña transubstanciación estética hemos conseguido convertir en forma.
Los acróbatas japoneses de Segundo de Chomón, coloreados por la mano paciente de su esposa, Julienne Mathieu, encierran la pulcritud de un juego sin más objetivo que el discurrir del juego mismo. Estas imágenes representan, en el nacimiento ciego de lo que luego será denominado “cine”, la experimentación como acto natural. Expresan la euforia de quien no puede subvertir las reglas porque no conoce regla alguna.
El libro por venir es la nueva forma sin contornos, el trayecto imprevisible de una imaginación sin frenos.
El águila ediciones sigue recibiendo las más variadas propuestas de edición gracias a sus colaboradores en diversos puntos del planeta. En esta ocasión agradecemos a Lucía Ayala y a Juan Orozco el que hayan hecho llegar a nuestra sede una nota con el nombre de Brian Dettmer. El equipo investigador de El águila ha seguido estajugosapista y hemos encontrado una interesante reflexión del artista sobre la materialidad del libro:
Cualquier comunicación o expresión ha de tener un medio que la transporte. El medio siempre existe como un objeto físico, o un sistema establecido, con una función implícita que evoca una expectativa en el receptor. Nuestra comprensión de la verdad y de la información cambia constantemente mientras que, al mismo tiempo, estamos cada vez más saturados con nuevos materiales y medios que comunican más rápidamente y con más volumen que sus predecesores ya consolidados.
Libros viejos, discos, casetes, mapas y otros medios caen a menudo bajo un dominio del que se ocupa una parte excesiva del arte actual. El papel al que estaban destinados ha disminuido o ha cesado y a menudo existen simplemente como símbolos de las ideas que representan, más que como verdaderos transmisores de contenido. Han sido reducidos a símbolos de un estatus o a elementos decorativos; a menudo se exhiben como trofeos del intelecto o se atesoran y almacenan como recuerdos nostálgicos.
Cuando la función a la que estaba destinado un objeto se evapora, surge la necesidad de abordar su forma y contenido mediante un nuevo enfoque. A través de la alteración de los materiales preexistentes y sus papeles variables emergen nuevas e inesperadas funciones para los viejos materiales. Esta es el área en la que intervengo actualmente. Por medio de excavaciones meticulosas o alteraciones sucintas edito o disecciono un objeto comunicativo o un sistema, como libros, mapas, cintas de casete y otros medios. El papel del medio se expande. Su contenido es recontextualizado y aparecen nuevos significados o interpretaciones.
Se afirma que el documentalista belga Paul Otlet, en su Tratado de documentación, habría llegado a predecir en 1932 la aparición de los ordenadores. Bajo el punto de vista de El águila ediciones esto es reducir la capacidad visionaria de sus propuestas: la biblioteca radiada y el libro televisado pertenecen al canon de la literatura por venir.
Un nuevo título de nuestra colección de clásicos: 5 metros de poemas del poeta peruano Carlos Oquendo de Amat. Este delicioso libro, que consiste en una única y larga página horizontal plegada sobre si misma —metáfora del rollo de película de celuloide—, apareció por primera en Lima en 1927 y fue publicado por la Editorial Minerva con un diseño de Emilio Goyburu como portada. Para la concepción de esta obra Oquendo se inspiró, según afirma Carlos Germán Belli, en el pensamiento de Jean Epstein, quien en un estudio sobre la poesía vanguardista afirmó: “Antes de cinco años se escribirán poemas cinematográficos: 150 metros y 100 imágenes en rosario en un hilo que seguirá la inteligencia”.
Poemas como cuentas, imágenes cinematográficas hilvanadas por la lectura entre las que no faltan ni los intermedios, ni la publicidad. Aunque sin una gota de sangre en sus líneas, un precedente de Grindhouse con toda probabilidad ignorado por Tarantino y Rodríguez. Una película de cine mudo proyectada sobre las palabras justas.
¿Piensan que la distancia espacial entre las hojas de un libro lo deshace como tal? ¿Creen acaso que una mente despierta no sería capaz de hilvanar, mediante la lectura, aquellos textos que aparecen distribuidos por las calles de las ciudades? José Antonio Millán demuestra que el espacio urbano, con sus muros, farolas, verjas y semáforos, puede ser tan buen soporte para la escritura como el volumen más diligentemente encuadernado. En Flor de farola, el movimiento del brazo al pasar una página es sustituido por el caminar pausado del peatón atento.
Pero aún encontramos en esta obra un nuevo motivo de interés para los amantes de la literatura por venir. En ella su autor, indagando en los márgenes del espacio público, se convierte en un metódico coleccionista de voces sin voz:
Nunca una sociedad abierta ha sido más estanca, nunca la transparencia ha resultado más opaca, nunca hemos estado más solos en medio de más cantidad de otros. Los libros se escriben sobre los libros, los medios se alimentan de los medios, y los juzgados y tribunales viven de tribunales y juzgados. Las mediaciones con el Poder exigen el dominio de la comunicación (ya sean denuncias, “cartas al director”, o simples explicaciones), y la comunicación la detentamos unos cuantos. O uno está dentro o está fuera. Casi todos están fuera.
Les recomendamos encarecidamente que se den una vuelta por este sorprendente jardín virtual, cuyos frutos también pueden adquirirse recogidos en forma de libro de papel. Tan sólo una de las muchas maravillas que pueden encontrarse en los extensos dominios de José Antonio Millán, cuyo blog constituye una de las lecturas favoritas de nuestros redactores.
Este mes la revista Poesía Digital nos invita a confiarle algunos secretos sobre El águila ediciones y a compartir con los lectores nuestra visión de la escritura por venir:
“Imaginemos una editorial que pretenda olvidarse, en un ejercicio de amnesia lúdico-poética, de lo que un libro “es” y concentre sus esfuerzos en determinar lo que un libro “pueda ser”. Imaginemos entonces esa editorial olvidadiza que no sabe con certeza dónde comienza o termina la obra literaria. Lo que se entienda por edición no sólo dependerá de lo que el editor, inmerso en una época determinada, entienda por texto, sino que esta dependencia constituirá el sentido mismo de la actividad editora. ¿Es posible editar un libro que nunca llegó a alcanzar más materialización que la propia descripción de su contenido? ¿Y uno cuyas páginas consisten en muros dispersos de una ciudad europea? ¿Poemas enterrados en distintas latitudes del planeta? ¿Una obra literaria escrita con tinta sobre el agua? ¿Un texto reproducido mediante los gestos de las manos del escritor? ¿O un ensayo cuyas notas al pie están constituidas por conjuntos de sillas, en lugar de combinaciones de palabras?”