La escritura como máquina asesina

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Podría decirse que leer es recorrer un fragmento de lenguaje en varias direcciones simultáneas; para ello es necesario contar con un registro del texto, se realice este a través de la memoria, del escrito o de la grabación de la voz. Cosas por el estilo discutíamos entre los muros de nuestras cómodas dependencias virtuales, cuando surgió idea de dedicarle un espacio en nuestra Sección documental a los “Audiowalks” de Janet Cardiff y George Bures Miller.

Para aquellos de nuestros lectores que no estén familiarizados con ellos, nos referimos a piezas sonoras creadas para un contexto específico gracias a las que el espectador puede, en un mismo espacio, recorrer dos temporalidades narrativas diversas. Caminando en la ciudad, por un parque o en el interior de un teatro, equipados con unos auriculares o una cámara de vídeo, tenemos acceso a un espacio ficcional creado por los artistas en una grabación previa. No es únicamente un relato lo que Cardiff y Miller nos proponen en sus “Audiowalks”, sino la recreación de un lugar espacio-temporal por medio del sonido.

Como en cualquier texto narrativo, sea este cinematográfico o novelesco, la tecnología dispone ante nosotros, mediante un artificio invisible, una escena mecánicamente repetida. El milagro, tal vez aterrador, se produce ante el espectador cuando la obra de arte se convierte en una experiencia única y privada. Hemos elegido, por ello, aproximarnos a los “Audiowalks” poniendo en marcha The Killing Machine, la nueva instalación de Cardiff y Miller que se presentó en Barcelona dentro de la retrospectiva dedicada a la obra de estos artistas. No tuvimos la suerte de visitar físicamente la muestra pero, aún mejor, hemos podido conocer The Killing Machine a través de Pol Capdevila, quien realiza una certera y sugerente aproximación a la obra en un artículo aparecido este mes en la revista Lápiz:

“”Pulsa el botón”. Se encienden unos focos, se escuchan unos chirridos, una siniestra banda sonora deja el ánimo en suspenso. La máquina, una compleja estructura cúbica de poco más de 2 metros de lado empieza a convulsionarse. En el centro de la misma, una butaca de dentista vacía, cubierta con terciopelo rosa y con cinturones de cuero para maniatar a la víctima. A cada lado, unos brazos-robot acabados en punta y con un ojo linterna se mueven de un lado a otro dando aguijonazos a pocos centímetros de la butaca, a la supuesta víctima o al reo imaginado. […] En la obra de Cardiff y Miller el cuerpo de la víctima y la culpa son elementos implícitos. Mediante la abstracción del reo y del acto que le conduce a la Máquina, asistimos a un espectáculo de ejecución tecnológica. La tecnología toma tanta presencia que parece como si fuera la idea de ésta la que se grabara en el ser humano imaginario atado a la butaca”.

 

The Killing Machine parece ser una metáfora de la propia metáfora; de la metáfora como tecnología, del texto como técnica. Al igual que En la colonia penitenciaria de Kafka, lo que nos pareciese un artefacto inocente y lúdico termina utilizando nuestra propia carne como superficie para la inscripción del relato.

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2 Respuestas a “La escritura como máquina asesina

  1. Yo también quiero hacer “Audiowalks”
    ***
    El otro día, en el Prado, una amiga (Esmeralda) me propuso un plan museográfico en el que las obras de arte se movieran por sí solas, de tal manera que el visitante pudiera recorrer toda la exposición sin necesidad de dar un paso.
    ***
    A este invento genial de mi amiga (Esmeralda) podríamos llamarlo cine.
    ***
    “Audiowalks” o audioguías, surgen precisamente, de invertir el mismo planteamiento.

  2. Me entusiasma tu modo de entender los “audiowalks”. Yo también creo que estos trabajos tiene mucho que ver con el cine. Y no me refiero a la influencia superflua que los mismos artistas señalan respecto a ciertos elementos del cine negro, sino a una deuda estructural. Según tu exposición, un “audiowalk” consistiría en convertir una película en un museo: invitar al espectador a pasearse por el interior de la ficción. Una especie de “casa del terror” a la que se incorporan elementos lírico-narrativos mediante la voz de la artista. Se aprovecha así lo que el propio arte cinematográfico desprecia; se privilegia el espacio físico y la puesta en escena, que en el cine son sólo utilizados como medios, pero sin prescindir de la grabación y el montaje…

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