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Ignacio Miranda: [no escritura]

no _ escribir

en todo proceso creativo, a las ideas que escogemos les acompañan aquellas otras ideas con las que decidimos no quedarnos.

para el arquitecto, el artista plástico, la escultora, lo que decide desechar es tan importante para su proceso creativo como lo que decide escoger.

en el ámbito poético, por ejemplo, aparecen palabras, ideas, formas que nos satisfacen y que decidimos desarrollar junto a otras que desestimamos. el hecho de elegir ya establece la diferencia, pero ambas tienen la misma importancia y ambas forman parte del poema final.

cómo sería el poema formado a partir de esas posibilidades que hemos no escogido. cómo sería el no poema, o un poema con esa no escritura.

La belleza de esta obra, y algunas otras sorpresas que les tenemos preparadas, han reanimado el agonizante corazón editor de El águila. Aquí pueden obtener las instrucciones para leer la [no escritura]

Los lectores. Un teatrema en expansión

Vídeo de Diana Hernández. Por aquí, los títulos de crédito.

Stanley Kubrick: All work and no play makes Jack a dull boy

El águila ediciones propone hoy la reedición de All work and no play makes Jack a dull boy, la novela que Jack Torrence, el personaje creado por Stephen King en The Shining (El resplandor), escribió en la película homónima de Stanley Kubrick.

La primera lectora del texto, Shelley Duvall en el papel de Wendy Torrence, reacciona aterrada ante la sucesión de páginas apiladas sobre la mesa y en las que una única oración se repite idéntica, una y otra vez. El refrán (en sí mismo una formula destinada a ser repetida invariablemente) se extiende como una enfermedad incurable sobre el marco de la ficción. Este lenguaje mecánico, testigo de su propia inercia febril, es, precisamente en su reiteración, el conjuro que le impide a Jack terminar su novela: el trabajo constante, abrumadororamente ininterrumpido, se vacía de contenido y olvida su finalidad.

La novela de Jack, sin embargo, es para nuestro consejo editorial una obra mayúscula de la literatura por venir. La escritura de este libro imposible mantiene a su autor cautivo en el amplio espectro de lo imaginario: el libro es la causa y, al mismo tiempo, el dique que contiene su enfermedad y evita el fatal desenlace, el desbordamiento de su locura.

Sólo una mente enferma, piensa Wendy, puede dedicarse metódicamente a esa tarea inútil. Lo que ignora es que precisamente su curiosidad lectora, esa mirada lanzada sobre un texto inicialmente cerrado sobre sí mismo, será la que ponga en marcha el desastre, convirtiendo la espantosa ficción literaria en realidad.

La máquina (blanda) de escribir de Julien Maire

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Julien Maire en Trasmediale08 (por Lucía Ayala)


Encontramos al escritor en el lugar de la representación escénica. Julien Maire parece concentrado en la preparación de un texto escrito. Se detiene para reflexionar y vuelve a inclinarse una y otra vez sobre la superficie del papel para, aparentemente, cubrirla con los signos dictados por el pensamiento. La escritura, el acto de producir ficción, se muestra en una primera aproximación a Digit como ficción misma. Pero el espectador se acerca entonces un poco más hacia el artista para descubrir con sorpresa que no hay medio alguno entre el escritor y el texto, ningún lápiz, ninguna máquina de escribir.

Aparentemente, ningún suplemento tecnológico justifica la aparición de la escritura sobre la página. El desplazamiento de los dedos desnudos del escritor sobre la hoja en blanco hace surgir una secuencia de texto que se extiende mágicamente en espirales y líneas, atravesando los vértices de los papeles situados en la mesa. La escritura es pues, aquí, un ejercicio de prestidigitación en sentido estricto: prestus digitus que hacen aparecer el texto de la nada, como por arte de magia.

“El silencio y el ruido en la literatura por venir”: un ensayema de Ignacio Vleming

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Ilustr. Ejemplo de notación de David Tudor de 1989 de la partitura original de 4’33” (1952) de John Cage. Fuente.

Decir que el silencio es una de las líneas por las que discurre cierto arte moderno no es ninguna novedad. Como explica Susan Sontag en Estilos Radicales son muchas las manifestaciones artísticas que sin duda reflexionan o trabajan con la ausencia de expresión. Pensemos, por ejemplo, en el gesto mudo de las pinturas de Rothko, en las larguísimas películas sin montaje de Warhol, en las composiciones musicales de Cage o en el artista sin obra, tan característicos del conceptual (cuya producción y cuyo discurso son en definitiva lo mismo).

Que otro arte contemporáneo haya renunciado al silencio es un observación que desde el advenimiento de lo que muchos llaman postmodernidad tampoco es ninguna novedad. Ya lo expone Arthur Danto en Después del final del arte cuando advierte que hoy los artistas pueden cambiar de estilo varias veces a lo largo de un mismo día y recuperar todas las narraciones del pasado en el coctel que prefieran. El exceso de gestualidad, de iconografía, de revisionismo es una de las claves de la condición postmoderna; noción que también está en declive, según muchos otros, pero que trae a colación obras como el abigarrado cine de Egoyan, los edificios neoclásicos de Venturi o las macro-ferias de arte.

Pero tanto el silencio, el silencio más ensordecedor, como el ruido, el ruido más rotundo, provocan experiencias estéticas bastante parecidas debido a todas las rupturas que no llegan a realizarse o que se realizan simultáneamente. Inevitable espera en el primer caso, o reacción de incoherencia, en el segundo, que son muy difíciles de eludir, y que conducen al espectador a una especie de tedio o de espiritualidad, tan característico de cualquier apuesta metalingüística –siempre interesada en profundizar hasta lo más hondo de la maquinaría estética–. Diríamos que cuando nuestra preocupación por el medio es mayor que por el contenido de la obra, la experiencias que comienzan a generarse son de índole trascendente, y algo muy parecido podríamos decir de las pinturas de Rothko, que acaban apelando a emociones más sutiles antes que a la conmoción, o a las películas de Egoyan, cuya fruición estética sólo pasa por una reflexión sobre el dispositivo cinematográfico antes que por cualquier contenido argumental que no sea el propio hecho de la argumentación. Otra vez estamos ante la misma idea del arte por el arte, en un formalismo, paradójicamente, de tipo conceptual.

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Silencio y ruido son entonces el escenario perfecto para poner en funcionamiento la tramoya del arte, la ficción del arte. Una metáfora que podríamos prolongar hasta la extenuación: silencio y ruido son la hoja en blanco, el texto abierto o la literatura por venir de la que tanto hablamos en El águila ediciones. Son el hilo argumental que no te conduce a puerto alguno, pero que se prolonga indefinido de una historia a otra, de un soporte a otro, de una idea a otra, en una divagación tan bizantina como hermosa.

Silencio y ruido son el espacio de la experimentación, el texto que existe en potencia, el contenido que se reduce a unas pinceladas precisas para soportar el medio, para soportar el concepto que gracias a una extraña transubstanciación estética hemos conseguido convertir en forma.

José Antonio Millán, el autor como recolector

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¿Piensan que la distancia espacial entre las hojas de un libro lo deshace como tal? ¿Creen acaso que una mente despierta no sería capaz de hilvanar, mediante la lectura, aquellos textos que aparecen distribuidos por las calles de las ciudades? José Antonio Millán demuestra que el espacio urbano, con sus muros, farolas, verjas y semáforos, puede ser tan buen soporte para la escritura como el volumen más diligentemente encuadernado. En Flor de farola, el movimiento del brazo al pasar una página es sustituido por el caminar pausado del peatón atento.

Pero aún encontramos en esta obra un nuevo motivo de interés para los amantes de la literatura por venir. En ella su autor, indagando en los márgenes del espacio público, se convierte en un metódico coleccionista de voces sin voz:

Nunca una sociedad abierta ha sido más estanca, nunca la transparencia ha resultado más opaca, nunca hemos estado más solos en medio de más cantidad de otros. Los libros se escriben sobre los libros, los medios se alimentan de los medios, y los juzgados y tribunales viven de tribunales y juzgados. Las mediaciones con el Poder exigen el dominio de la comunicación (ya sean denuncias, “cartas al director”, o simples explicaciones), y la comunicación la detentamos unos cuantos. O uno está dentro o está fuera. Casi todos están fuera.

Les recomendamos encarecidamente que se den una vuelta por este sorprendente jardín virtual, cuyos frutos también pueden adquirirse recogidos en forma de libro de papel. Tan sólo una de las muchas maravillas que pueden encontrarse en los extensos dominios de José Antonio Millán, cuyo blog constituye una de las lecturas favoritas de nuestros redactores.